El que da, no debe volver a acordarse;
pero el que recibe nunca debe olvidar
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lunes, 13 de febrero de 2017

Encauzando
las emociones

Gerardo

¡Emocionarse! ¿Quién no lo hace a diario?

Si las emociones que sentimos son placenteras, nos hacen la vida más rica e intensa; nos hacen sentir gratitud por existir. ¿Y si nos molestan, nos desagradan?

Recientemente hemos desarrollado el taller “Encauzando las Emociones” en el Teléfono de la Esperanza. Su objetivo era claro: conocer y analizar la paleta de emociones humanas, sus rasgos y componentes a fin de que, una vez hayan hecho acto de presencia en nuestras vidas, estemos dotados de herramientas que nos permitan encauzarlas en beneficio propio y ajeno.

Comenzamos descubriendo una doble realidad del mundo emocional:

  • Su universalidad. Las conmociones interiores que suscitan son universales, si bien sus manifestaciones exteriores vienen marcadas por la cultura del lugar;
  • Su sabiduría. Reconocer qué siento cuando lo siento y qué pensamiento crea mi sentir, me permite conocerme de verdad. Exteriorizar mi emoción de modo proporcionado y respetuoso, sin dañarme, sin perjudicar, así como percibir y acoger las sensaciones ajenas, me permite establecer relaciones francas y enriquecedoras.

Establecidas las pautas básicas, nos fuimos adentrando en cada emoción:

  • Palpamos el miedo: corazón acelerado, sudores, temblores, respiración entrecortada,… Qué familiares son estas muestras de nuestro organismo ante una amenaza real o ficticia. Detectamos cómo nuestro pensar tiene una doble vertiente: por un lado, deformando la realidad, siendo la consecuencia un temor paralizante; por otro, la observación y el valor capaces de transformar una inicial vulnerabilidad en eficaz compañero de camino.
  • Atacamos la ira, que nos priva temporalmente de aquello que nos es más humano como es el buen juicio, la capacidad de razonar. Y fuimos a su raíz: la impotencia y frustración sentida ante la incapacidad para satisfacer las propias necesidades de afecto, seguridad y valoración. Nuestra actividad física y verbal se vuelve desbordante dañándonos personal y relacionalmente.
  • La envidia o cómo constato mi inferioridad cuando me comparo. ¡Qué buena amenaza para la autoestima! O la enfoco hacia la emulación o modelo como motor de crecimiento y mejora, o me conducirá al retraimiento y la agresividad.
  • Analizamos la culpa como mecanismo manipulador en beneficio propio o autoimpuesta como castigo. Y descubrimos su truco: quiere mantenernos anclados a un pasado terminado, enmascarando, ocultando aquello que tratamos de evitar en el presente.
  • El odio, o rechazo de una cualidad propia que veo en el otro. Una actitud de apertura y reconciliación me devolverá la libertad de sentir.
  • El rubor, la cabeza baja o escondida, evitar la mirada,… nos son conocidos. Es la vergüenza, esa sensación de inferioridad ante la opinión de los demás que también la sienten. Objetivarla compartiéndola, hablando de ella, mantener la propia identidad, y admitir que desagradar es una opción, nos ayudarán a hacerla frente.
  • Y ¿qué decir del amor y la alegría? Si el primero es un sentimiento de apertura inagotable más allá de uno mismo, un ocuparse de las necesidades y del crecimiento interior del otro, la segunda con su sonrisa clara y sus ojos luminosos, sus apariciones cortas pero intensas, nos predisponen a superar dificultades y facilitan nuestra adaptación y relaciones.

Y así fue como, sin darse cuenta, un grupo de voluntariosos participantes, sabiamente dirigidos en un clima de intimidad, fueron desnudando y re-conociendo sus emociones, y adquiriendo los útiles que les permitan conquistar la madurez emocional, encauzando su sentir de modo sano y pleno.

Tenemos 2 comentarios , introduce el tuyo:

  1. Enhorabuena y gracias Gerardo por este testimonio-resumen tan claro y revelador de lo que es este taller. Con solo unos minutos de lectura ha sido como volver a repetir el taller ...

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  2. Muy bien Gerardo: Claro concreto y conciso.
    Que beneficioso me ha sido; el día que comencé a sentir mis emociones y no reprimirlas. Pepi

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