El que da, no debe volver a acordarse;
pero el que recibe nunca debe olvidar
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lunes, 16 de julio de 2018

A la luna

El rincón del optimista
Juan


En mi etapa de universitario en Madrid eran muchas las tardes, sobre todo en primavera, que camino de la facultad a casa me detenía en el Templo de Debot para disfrutar de las impresionantes puestas de sol que se observan desde esa atalaya. Ya sabes, esos edificios egipcios situados cerca de la Plaza de España que fueron donados a nuestro país por el gobierno de Egipto para evitar que quedaran inundados tras la construcción de la gran presa de Asuán.
Una de esas tardes de ocaso idílico aproveché para visitar una exposición itinerante que había montada en uno de esos bellos edificios de piedra. Y cuando bajé las escaleras de salida fui testigo de una de las discusiones más esperpénticas que recuerdo. Te pongo en situación: un policía local de Madrid y un vigilante del Ayuntamiento, ambos ya metidos en años, discutían sobre la luna; sobre el tipo de astro que es y sobre si el hombre había llegado a alunizar, pues uno lo aseguraba y el otro no se lo creía. Justo cuando me disponía a abandonar el lugar me echaron el alto los señores agentes de la autoridad:
–Oye, tú que pareces estudiado… Estamos hablando de si la luna es un planeta o un astro –me interrogó el ‘local’–.
–Ni una cosa ni la otra. Es un satélite –les respondí–. La Tierra sí es un planeta que gira alrededor del sol, pero la luna es un satélite porque gira alrededor de la tierra.
–Y que este no se cree que el hombre haya estado en la luna –continuó el agente en un tono en el que alargaba y modulaba las palabras–.
–Sí hombre –aseguré yo–, los primeros en ir fueron los americanos en 1969, aunque los rusos habían llegado antes con varios cohetes, pero sin tripulantes a bordo.
–¿Pero cómo van a haber llegado ahí, con lo lejos que está? Qué no, hombre, qué no –se enrocaba el vigilante–.
–Es que fueron de noche… –bromeé–.
No cogieron mi chiste. Me alejé de allí dejando a la pareja con aquella discusión bizantina llegando a sospechar que se trataba de una broma que me querían gastar, de esas del tipo de cámara oculta. Pero qué va, aquel encuentro breve que viví en directo fue auténtico y lo he revivido muchas veces a lo largo de los años.
Y quieres creer que pasado el tiempo he llegado a identificarme con el incrédulo vigilante del Templo de Debot y a cuestionarme, como sostienen algunas teorías de la conspiración, que lo del Apolo 11 de aquel 16 de julio de 1969, lo del alunizaje de Armstrong, Aldrin y Collins, no fuera más que un burdo engaño, una simulación realizada en unos estudios de cine retransmitida a todo el mundo por televisión, pero desde algún punto secreto de este mismo planeta Tierra. Que todo fue consecuencia de querer llegar antes a la ansiada meta en la carrera espacial que se disputaban la FKA de la URSS y la NASA de EE UU, entre Kennedy y Podgorni, y que jamás se realizó aquella travesía de 400.000 kilómetros que distan entre la Tierra y la Luna. Les achacan a los ‘cineastas’ fallaron, por ejemplo, que pusieran ondeando la bandera americana que supuestamente clavaron los astronautas yanquis en el suelo lunar, cuando se sabe que en la luna no hay viento, ni siquiera una brisa suave.
En fin, que yo prefiero seguir viendo a nuestra luna como LA SEÑORA, un elemento de decoración cinematográfico que me embelesa en las noches serenas y donde sigo viendo reflejada la mirada de la/s persona/s que se fueron de mi lado para siempre.
Asín sea.

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