El que da, no debe volver a acordarse;
pero el que recibe nunca debe olvidar
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viernes, 15 de febrero de 2019

La radio

El rincón del optimista
Juan Rodríguez
Mi madre era una ‘mujer radio’. Llevaba el transistor siempre encendido a todos los sitios donde iba, y si digo a todos, es a todos. Siempre en los bolsillos de sus batas floreadas sonaba el run run lejano de sus viejos transistores: en la cocina, en el corral, en la era, trabajando en las tierras, en el gallinero, cuando salía a comprar a los vendedores ambulantes, en el baño… Tenía cuidado de no llevarle encendido cuando iba a misa, que seguro que también lo llevaba a la iglesia. Eran aparatos en los que resultaba casi imposible ‘pillar’ una frase completa de los locutores porque con cada movimiento se perdía la sintonía de la cadena a la que estaba ‘enganchada’: COPE, la radio de la Conferencia Episcopal. Como buena católica, era fiel seguidora de Federico Jiménez Losantos, de Encarna Sánchez, Luis del Olmo… entre otros periodistas-locutores. Siempre con la radio a cuestas, sus benditas radios, qué hiperactividad, qué bondad de madre, qué cielo de mujer, qué huella, qué recuerdos.
Siempre le recriminábamos los de casa que llevaba ‘ruido’ allá por donde iba, que era imposible que entendiera dos palabras seguidas de lo que escupían aquellos artefactos que tenía remendados con gomas del pelo y con celo, fruto de los golpetazos que se llevaban entre las múltiples tareas que realizaba al cabo del día y, dicho sea de paso, de la noche, pues lo normal era que durante las horas de oscuridad estuviera sonando en su mesita uno de aquellos transistores todoterreno. Ella se sentía ofendida en su orgullo y se defendía comentando las últimas noticias que había ‘captado’ para demostrarte que su atención era rigurosa y continuada. Efectivamente, aunque un poco a vuelapluma, solía cazar la parte central de la noticia, el titular, aunque en más de una ocasión confundía o mezclaba noticias, algo que quedaba en evidencia a la hora de replicar las novedades informativas.
Así se enteraba en tiempo real cuando salía el premio Gordo de la Lotería, el último atentando de la ETA o del GRAPO, y hasta creo que fue la primera persona que supo que Franco había muerto aquella madrugada del 20-N de 1975. Y nos despertó. Y lloró.
Todos teníamos claro que esa especie de obsesión de mi madre hacia las radios, que ella  disfrazaba en la pura necesidad de estar informada, se fundamentada realmente en lograr compañía continua, en mitigar las horas de soledad con el fondo de las ondas, soportar el tedio de algunas de las múltiples labores que desarrollaba con el ‘auxilio’ de los periodistas y comentaristas de la actualidad.
Cada día estoy más convencido de que mi vocación periodística, mi amor por las palabras, por el lenguaje, me viene de la influencia de mi madre, de su afición por los informativos, por la tele, la radio, los periódicos, las revistas…, por todo lo que rodea al mundo de la comunicación. Felisa no sólo leía y escuchaba, también escribía, a su manera, y lo hacía en los formatos más variopintos: servilletas de papel, cuartillas para las magdalenas, cartones de las cajas de las zapatillas… Todo por aprovechar materiales, por economizar.
Y os desvelo aquí un secreto familiar. Tal era la afición de la matriarca por las radios que cuando falleció hace ya casi doce años, sus hijos y mi padre decidimos por consenso meter junto a su cuerpo menudo uno de aquellos transistores con pilas alcalinas nuevas y, como no podía ser de otra manera, sintonizado en la COPE, por si en su cielo particular no tuvieran información de todas las locuras que seguimos haciendo los que quedamos por estos lares. Y querrás creer que cuando visito el panteón familiar y me quedo en silencio me parece como que quiero escuchar de lejos al pesado de Federico… Bueno, a lo peor son imaginaciones mías.
Asín sea.

Tenemos 2 comentarios , introduce el tuyo:

  1. Qué historia mas entrañable.

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  2. Hola, Optimista. Me gusta el artículo. Yo soy un hombre "radio". Me he identificado mucho con tu Madre. También me ha gustado el poso Rural del relato. Precioso. En otro "Rincón del Optimista", sugerí una visita "interpretada" al pueblo del Optimista, pero...

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