El que da, no debe volver a acordarse;
pero el que recibe nunca debe olvidar
Blog
miércoles, 29 de mayo de 2019

En la inauguración ...

Una mañana de luz

Pablo

… Alguna vez había oído que existía una institución en León llamada Teléfono de la Esperanza, que atendía a través de esta vía, acogía, consolaba, y más etcéteras, a personas que acudían a él en demanda de escucha por una situación de algún tipo de desvalimiento en su camino vital, y, desde el silencio de mi corazón, me sentí, de algún modo, vinculada con esta tan hermosa como necesaria iniciativa. Y, casi de pronto, sin que recuerde quién me puso en contacto con el Teléfono de la Esperanza de León, entré una tarde de otoño en su sede, y me mostraron la oferta de varios cursos a cual más inspirador. Elegí el titulado “Aprender a vivir”. Su duración se prolongó unos meses en convivencia y sintonía con otras personas, sin duda tan necesitadas y anhelantes como yo, de poder avanzar en la “asignatura” siempre inconclusa en mayor o menor grado y de igual título: aprender a vivir, en el camino por el que cada cual discurre cada día.

Gran contenido en los diferentes cuadernillos y en las actividades propuestas por la responsable del taller, con su método de trabajo, verdaderamente novedoso y muy interesante. Van unidas a la condición humana: grandezas y miserias. Aprendemos y, ay, olvidamos estrategias, propuestas, reflexiones, para ver de sanar nuestro interior, pero venimos, por lo general, y con cierta frecuencia, a continuar en el mismo lugar de partida. O no…

Han pasado desde entonces unos años y sigo sintiendo que formo parte de esta maravillosa, admirada y admirable familia del Teléfono. Del Teléfono con mayúscula.

… Y aquella mañana, que da título a estas palabras, nacidas a borbotones de mi corazón, entré en la nueva sede, invitada a su inauguración. Y me invadió la luz. Luz en la estancia y luz que percibí, sin ambages, en todas y en cada de las personas, recepcionistas, de cuya enumeración huyo, porque siempre es un riesgo de olvidos injustos y, digamos, imperdonables, aunque todas ellas han optado por la humildad, que persiguen siempre quienes eligen en la vida “ir al grano”, lejos de ego alguno.

El salón estaba repleto: responsables de este proyecto solidario, voluntarios, socios, simpatizantes, etc., que escuchamos encantados los testimonios de aquellos hombres y mujeres de bien que han hecho suyo un lema que se me ocurre que bien podría concretarse así: lo que somos y lo que tenemos sólo nos pertenece, o debería pertenecernos, una parte, una pequeña parte, la otra, lo demás, les pertenece a los otros y, muy en particular, a los que están necesitados de nuestra solidaridad, de nuestra escucha, de nuestro abrazo, de nuestra mirada acogedora.

Ejemplar y admirable su testimonio.

Quedó patente que la ciudad de León no está sola. El Teléfono está con ella, y su línea abierta, sin tregua alguna.

En este tiempo de aparente comunicación entre unos y otros, con tantos y tan variados medios a nuestra disposición, va a ser que no estamos tan “hablados” y tan escuchados como pudiera parecer. Y, en el fuero interno de muchas personas, de menos y de más edad, subyace una gran soledad y/o una ausencia de rumbo. Y es aquí donde abre su corazón el voluntario, que está al otro lado de la línea, para intentar atenuar el sufrimiento, para conducir, con su escucha, a la luz. Otra vez la luz. Siempre la luz.

… Y no se me ocurre mejor modo de concluir estas líneas que con esta cita del gran Dalai Lama:

“Casi todas las cosas buenas que suceden en el mundo, nacen de una actitud de aprecio por los demás”.

Con gratitud y afecto,

Todavía no hay comentarios

Esperamos el tuyo